Economistas del BID presentaron en la UC libro que analiza la desigualdad en América Latina

 

En la actividad participó el director de la Escuela de Gobierno UC, Osvaldo Larrañaga.

Las múltiples dimensiones de la desigualdad en América Latina y el Caribe, cómo estos países se ven impactados por el Covid-19 y qué políticas públicas se necesitan para ayudar a equilibrar la situación y salir de la crisis fueron algunos de los temas a discutir en la presentación virtual del libro "La crisis de la desigualdad", actividad organizada por el Instituto de Economía UC en conjunto con la Escuela de Gobierno UC, que se realizó el pasado martes 6 de octubre.

En el encuentro, moderado por Claudia Martínez, profesora Asociada del Instituto de Economía UC, los economistas líderes del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) Matías Busso y Julián Messina presentaron los mensajes transversales del libro “La crisis de la desigualdad. América Latina y el Caribe en la encrucijada”, publicación en la que se busca entender la magnitud de la desigualdad en la región y sus razones.

“La desigualdad es obstinadamente alta en América Latina y el Caribe. Se manifiesta en muchos aspectos de la vida de las personas: desde la desigualdad de oportunidades y la desigualdad en el acceso a la justicia, los servicios sanitarios o la educación de alta calidad, hasta las enormes diferencias en la capacidad de las familias para hacer frente a los desastres” (Busso y Messina, 2020).

Para entender la situación, los expertos observaron todas las crisis anteriores en la región y analizaron el comportamiento de variables como el ingreso laboral, el desempleo, la informalidad y la pobreza durante esos períodos. “En crisis severas, como la que vamos a tener con el Covid19, el ingreso laboral cae, el desempleo sube casi 4 puntos porcentuales en promedio y la formalidad laboral también cayó”, detalló Matías Busso en su intervención, y añadió que estas crisis tienen efectos ambiguos sobre la desigualdad, ya que “afectan a todas las personas independientemente de en qué posición de la distribución del ingreso se ubiquen”.

Pese a la fuerte caída en desigualdad de ingresos durante los años 2000, de acuerdo con su investigación, ésta se acentuará por la crisis del Covid, ya que está afectando “desproporcionadamente” a más personas de ingresos bajos.

“Encontramos que el porcentaje de personas del quintil inferior que reportan haber perdido el empleo es casi el 70%, versus un 20% de las personas del quintil más alto de ingresos”, señaló el economista, lo que obedecería a dos razones: las personas de ingresos más bajos tienden a estar empleadas en ocupaciones que requieren más proximidad personal, que vieron una fuerte caída en su demanda durante la cuarentena y que va a persistir mientras no se resuelva la crisis de salud, y la enorme brecha digital, que limita la posibilidad de realizar trabajos desde el hogar: “En Latinoamérica el 50% de las personas no tiene acceso a Internet y la mayor parte de ellas están en los hogares de menos recursos”, indicó.

Si bien las redes de protección social han servido para enfrentar estos problemas, tienen aún muchas limitaciones para hacer frente a shocks inesperados. “No es sorprendente que hoy solamente el 15% de los latinoamericanos considere que la distribución de la riqueza es justa”, subrayó Matías Busso.

¿Por qué sigue siendo alta la desigualdad en la región? En su presentación, el economista Julián Messina explicó que se debe a tres factores fundamentales: una altísima desigualdad de oportunidades, una redistribución ineficaz e insuficiente, y un contrato social fracturado.

“Cuando hacemos gasto social no necesariamente lo hacemos de la forma más efectiva para los objetivos que tenemos. Además, es bien sabido que la región recauda demasiado a través de impuestos indirectos, que no son los más redistributivos que existen. Los países de la OCDE, en cambio, recaudan mucho más a través de impuestos al ingreso, a los beneficios y a las ganancias de capital, que son mucho más progresivos”, señaló.

Respecto al contrato social en América Latina, éste estaría fracturado porque los ciudadanos de ingresos medios y altos optaron por dejar los servicios públicos en seguridad y educación y se refugiaron en soluciones privadas, lo que ha generado un alto nivel de segregación en diferentes dimensiones.

Por todas estas razones, los editores del libro advirtieron que la región si bien se han hecho grandes progresos en los últimos 20 años, tiene que actuar rápido y continuar con su agenda social “Se debe seguir trabajando en tres pilares: igualar las oportunidades, más y mejor distribución y redefinir las redes de protección para el aseguramiento social.

Mediciones versus percepciones

En su intervención, el director de la Escuela de Gobierno UC Osvaldo Larrañaga coincidió con los autores respecto a las tareas pendientes para un nuevo contrato social, pero indicó que agregaría como un cuarto pilar las políticas pre distributivas, ya que el funcionamiento del mercado se basa en un conjunto de reglas y normativas que provienen muchas veces desde el Estado, como las políticas de competencia, las instituciones laborales y los temas de gobernanza en las empresas, entre otros. “Todos esos ámbitos son cruciales para el resultado distributivo y en los distintos países varías cómo se producen y modifican las normas que regulan el funcionamiento del Estado”, explicó.

¿Cómo es la relación entre desigualdad y justicia? Si bien en promedio se podría esperar una relación directa entre desigualdad y percepciones de justicia de parte de la población, el académico reveló que durante el período 2012-2019 en Chile ambos indicadores transitaron en direcciones distintas: mientras las estadísticas de desigualdad de ingreso mostraban un decrecimiento en la desigualdad, en encuestas como la Encuesta Bicentenario UC, se mostraba un empeoramiento de las percepciones de injusticia distributiva por parte de los entrevistados.

“Muchas veces los indicadores objetivos de desigualdad pueden estar mostrando una cierta tendencia, pero la percepción de desigualdad, que al final es lo que importa para muchos en los efectos prácticos, puede ir en el sentido contrario”, observó Osvaldo Larrañaga, agregando que por esta razón el coeficiente de Gini no sería el mejor indicador para medir ese tipo desigualdad y sus cambios en el tiempo, “ya que es muy sensitivo a los cambios en la mitad de la distribución y menos en los extremos”.

Hay en el mundo hay un movimiento respecto de medir de distintas maneras la desigualdad, y yo creo que esa es la avenida en la cual hay que avanzar más o menos rápido para tener una mejor medición de este problema social", subrayó el académico.

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