Datos escolares en Chile revelan trayectorias socioemocionales previas a la esquizofrenia
Estudio publicado en BJPsych Open, con investigadores de la Escuela de Gobierno UC, analiza información longitudinal de más de 20 mil estudiantes y abre oportunidades para políticas públicas de bienestar mental.
Foto de portada: Foto de Cash Macanaya en Unsplash
Comprender cómo se desarrolla la esquizofrenia ha sido, durante décadas, uno de los mayores desafíos de la psiquiatría y la salud pública. Aunque el trastorno suele manifestarse en la adolescencia tardía o en la adultez temprana, la evidencia científica muestra que sus raíces se vinculan a procesos que comienzan mucho antes. En esa línea, un estudio recientemente publicado en la revista internacional BJPsych Open, liderado por académicos de la Escuela de Gobierno UC en colaboración con investigadores de otras unidades y universidades, aporta nueva evidencia a partir de datos escolares chilenos recogidos a lo largo de varios años, abriendo una ventana para pensar la prevención en salud mental desde una perspectiva de curso de vida.
La investigación analizó información socioemocional de más de 20 mil estudiantes chilenos que rindieron el Simce, evaluados en cuarto básico, octavo básico y segundo medio. Dentro de ese universo se incluyó a un grupo de personas que, años más tarde, recibieron un diagnóstico clínico de esquizofrenia. Gracias a que los datos fueron recolectados de manera prospectiva —cuando nadie sabía quiénes desarrollarían la enfermedad— el estudio evita uno de los principales sesgos de este campo: la dependencia de recuerdos retrospectivos en adultos ya diagnosticados.
“Este trabajo no sugiere que la escuela deba diagnosticar ni etiquetar a nadie. Por el contrario, muestra que los sistemas educativos producen datos muy valiosos sobre el desarrollo socioemocional, y que esta información puede ser utilizada para fortalecer apoyos generales, mejorar los entornos escolares y familiares, y reducir riesgos a largo plazo para todos los niños y niñas”.
Eduardo Undurraga, profesor de la Escuela de Gobierno UC
Los resultados muestran que, en promedio, los niños y adolescentes que posteriormente desarrollaron esquizofrenia percibían menor apoyo parental que sus compañeros de curso. En el caso de las niñas, además, se observaron niveles más bajos de autoestima y motivación escolar. Se trata de diferencias sutiles, observadas a nivel poblacional, que no permiten identificar ni predecir casos individuales, pero que sí entregan información relevante sobre las trayectorias de desarrollo asociadas a este trastorno.
Desde la mirada de las políticas públicas, el estudio destaca el valor de los sistemas educativos como espacios que ya generan información clave sobre bienestar infantil. “Este trabajo no sugiere que la escuela deba diagnosticar ni etiquetar a nadie”, enfatiza Eduardo Undurraga, académico de la Escuela de Gobierno UC y coautor del artículo. “Por el contrario, muestra que los sistemas educativos producen datos muy valiosos sobre el desarrollo socioemocional, y que esta información puede ser utilizada para fortalecer apoyos generales, mejorar los entornos escolares y familiares, y reducir riesgos a largo plazo para todos los niños y niñas”.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio desafía las hipótesis tradicionales. De manera inesperada, los niños y niñas que más tarde desarrollaron esquizofrenia obtuvieron, en promedio, puntuaciones más altas en growth mindset, entendido como la creencia de que la inteligencia puede mejorar a través del esfuerzo. Este resultado refuerza la idea de que las trayectorias previas a la esquizofrenia son heterogéneas y no lineales, y que el riesgo psiquiátrico temprano no se expresa únicamente a través de déficits.
“Hay señales que debemos monitorear y atender tempranamente —como la asistencia, el desempeño escolar o el apoyo percibido—, además de lo que ya sabemos”
Susana Claro, profesora de la Escuela de Gobierno UC
La literatura internacional ha mostrado que muchas personas que desarrollan esquizofrenia presentan, durante la infancia, combinaciones diversas de vulnerabilidades y fortalezas, incluyendo habilidades cognitivas preservadas o incluso superiores en ciertos ámbitos. En ese contexto, el estudio chileno representa una contribución especialmente relevante, al entregar evidencia empírica sólida desde un país de ingresos medios, algo aún poco frecuente en la investigación psiquiátrica global.
Para los autores, la clave está en evitar interpretaciones deterministas. La enorme mayoría de los niños con menor autoestima, menor apoyo parental percibido o determinadas características motivacionales nunca desarrollará esquizofrenia. Al mismo tiempo, muchas personas que sí la desarrollan no presentan señales claras durante la infancia. Por ello, el valor del estudio no radica en la predicción individual, sino en la identificación de patrones poblacionales que puedan informar políticas públicas más integrales.
“Hay señales que debemos monitorear y atender tempranamente —como la asistencia, el desempeño escolar o el apoyo percibido—, además de lo que ya sabemos”, señala Susana Claro, académica de la Escuela de Gobierno UC y también coautora del estudio. “Invertir en bienestar emocional temprano y en relaciones familiares de apoyo es una estrategia que beneficia a toda la sociedad, independientemente de diagnósticos futuros”.
Desde la clínica, los resultados refuerzan una visión de largo plazo sobre la esquizofrenia. “Estos hallazgos profundizan la idea de que se trata de un trastorno del neurodesarrollo”, explica Nicolás Crossley, académico de la Escuela de Medicina UC y uno de los autores del artículo. “No aparece de forma abrupta, sino que está precedido por cambios graduales en el funcionamiento emocional y social. Comprender esas trayectorias es clave para avanzar hacia formas más tempranas, más humanas y menos estigmatizantes de prevención”.
En un escenario donde la carga de enfermedad asociada a los trastornos mentales continúa en aumento, investigaciones como esta invitan a repensar la prevención más allá del sistema de salud, incorporando de manera articulada a la educación, la familia y el entorno social como pilares centrales del bienestar mental